Los 206 años de la provincia de Buenos Aires: quién fue Manuel de Sarratea, su primer gobernador
La provincia de Buenos Aires nació el 11 de febrero de 1820, en uno de los mayores momentos de acefalía que se recuerden. Su primer mandatario, Manuel de Sarratea, se caracterizó por mantenerse cerca del poder a lo largo de cuatro décadas.
Fueron apenas diez minutos que cambiaron la historia. Eso fue lo que duró la Batalla de Cepeda, el 1° de febrero de 1820, cuando los caudillos federales Estanislao López y Francisco Ramírez vencieron a las tropas de la ciudad de Buenos Aires, comandadas por el último Director Supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata, José Rondeau.
Con la cabeza gacha y totalmente debilitado, Rondeau volvió a la sede del gobierno porteño -que estaba en el Cabildo, que por entonces era más ancho que el que conocemos ahora- con la intención indeclinable de presentar su renuncia, que no fue una renuncia más.
Entre las consecuencias estuvo la desaparición del cargo del Director Supremo, las Provincias Unidas se quedaron sin un gobierno central y cada provincia empezó a moverse por su propia cuenta.
En medio del caos nacía la provincia de Buenos Aires
Al renunciar Rondeau, el 11 de febrero, y ante el vacío de poder, el Cabildo porteño reasumió la soberanía ya que sus regidores comprendieron que para negociar con los caudillos acampados a las afueras de la ciudad, Buenos Aires necesitaba presentarse como una entidad autónoma, igual que Santa Fe o Entre Ríos.
Entonces, el Cabildo votó disolver oficialmente el cargo de Director Supremo; declarar la existencia de la Provincia de Buenos Aires como un estado soberano; y convocar a una Junta de Representantes, una especie de proto Legislatura bonaerense. Por último, el Cabildo eligió como Gobernador Provisorio a Manuel de Sarratea.
Casi como ocurrió dos siglos más tarde con el interregno de Federico Pinedo entre la presidencia de Cristina Fernández y la de Mauricio Macri, el vicedirector Supremo Juan Pedro Aguirre -un comerciante y militar porteño- asumió por apenas unas horas antes de la efectiva asunción de Manuel de Sarratea.
Por su parte Rondeau decidió irse a vivir a Montevideo y, curiosamente, llegó a ser el Gobernador Provisorio del Estado Oriental del Uruguay en 1829. Es decir que su caso fue único, máxima autoridad de nuestro país y del vecino.
La ciudad se extendía unas 20 cuadras alrededor de la Plaza de la Victoria -hoy Plaza de Mayo-, en forma de abanico. Hacia 1820 tenía entre 55 y 60 mil habitantes, y un tercio
de ellos eran afrodescendientes -negros o mulatos- que habían llegado al Río de La Plata como esclavos.
Todas las calles eran de tierra -o barro, según el tiempo que llevara sin llover-, el agua la repartía el aguatero que la traía del río, y tanto la basura como los desechos se tiraban… en cualquier lado. El alumbrado público era muy escaso por lo que no convenía salir de noche.
En cuanto a los límites de la naciente provincia de Buenos Aires, en teoría eran la Cordillera de los Andes hacia el oeste y Tierra del Fuego y las Malvinas hacia el sur. Sin embargo, en la práctica, el límite norte era el Arroyo del Medio, hacia el oeste, donde había fortines, y al sur, la frontera del río Salado, ya que después era territorio de los pueblos originarios. Con ese panorama se encontró Manuel de Sarratea al asumir el 11 de febrero de 1820.
Hoy diríamos que este hombre nacido en Buenos Aires en 1774 se caracterizó por su “cintura política”, la que le permitió desempeñarse como funcionario en varios y muy diferentes gobiernos.
Como su familia tenía un buen pasar, se educó en Madrid. Al volver participó de la Revolución de Mayo y fue el primer embajador criollo antes nuestro poderoso vecino, Brasil. En 1811 y por un poco más de un año, integró el Primer Triunvirato, junto a Feliciano Chiclana y Juan José Paso. Cayó en desgracia por su enfrentamiento con el caudillo oriental José Artigas, su archienemigo.
Sin embargo, en 1816 Gervasio Posadas, flamante Director Supremo, le encomendó tareas diplomáticas en Londres y Madrid; en este último lugar sus gestiones fracasaron porque no fue bien recibida su idea de volver a someternos a los designios del rey de España.
El sueño de don Manuel era una república monárquica encabezada por Francisco de Paula de Borbón, hermano de Fernando VII, el rey español, propuesta que, como sabemos, no prosperó.
Volvió a Buenos Aires como si nada hubiera pasado y hasta fue ministro de Gobierno y Relaciones Exteriores del Director Supremo Juan Martín de Pueyrredón. Claro que su regreso al estrellato fue la designación como el primer gobernador de la provincia de Buenos Aires.
El “bombero” De Sarratea
Consciente de que era un gobernador de transición con la misión de “apagar el incendio” y evitar que los caudillos acampados fuera de la ciudad entraran a Buenos Aires, Manuel de Sarratea era el hombre ideal para ese momento.
A pocos días de asumir, el 23 de febrero firmó el Tratado de Pilar con el santafesino Estanislao López y el entrerriano Francisco Ramírez, un documento que es considerado uno de los cimientos de nuestra Constitución, ya que por él Buenos Aires aceptaba por primera vez ser una provincia igual a las demás, dentro de un sistema federal.
A cambio, De Sarratea se comprometió -secretamente- a dar armas al ejército de López y Ramírez, quienes volvieron victoriosos a sus provincias, pero sin entrar a la ciudad de Buenos Aires.
Ese acuerdo puso punto final a la gobernación de De Sarratea, a quien en el Cabildo muchos consideraron un “traidor” por someterse a los caudillos y desarmar el ejército porteño. Otros lo vieron como un pragmático, "si no puedes vencerlos, únete a ellos".
El 6 de marzo, los jefes militares de la ciudad, encabezados por Juan Ramón Balcarce, se rebelaron, y el propio Balcarce fue designado gobernador, tras los 23 días del mandato de De Sarratea.
Sin embargo, don Manuel tuvo su “segundo tiempo” como gobernador, gracias a las buenas migas que había hecho con los caudillos federales, cuyos ejércitos seguían cerca de la ciudad. El 11 de marzo retomó la gobernación hasta el 2 de mayo, cuando renunció “indeclinablemente”.
Don Manuel por el mundo
Pero no fue el fin de la carrera política de Manuel de Sarratea, un verdadero hombre de la casta. En 1826, el presidente -y amigo- Bernardino Rivadavia lo envió como diplomático a Londres donde, entre otras medidas, le dio el visto bueno a la política inglesa de apoyar la separación de la Banda Oriental del resto de las provincias argentinas.
Gracias a su capacidad de “adaptarse” a los distintos gobiernos, más tarde el gobernador Manuel Dorrego lo mantuvo en ese puesto y luego, Juan Manuel de Rosas lo nombró primero embajador en Rio de Janeiro y luego en Francia.
Manuel de Sarratea falleció el 21 de septiembre en la ciudad francesa de Limoges, cuando estaba por cumplir 75 años.
Lejos del bronce
Curiosamente -o no tanto-, en la ciudad de Buenos Aires no hay ninguna calle que lleve el nombre de Manuel de Sarratea, pese a sus esfuerzos por figurar cerca del gobierno -sin importar cual- durante cuatro décadas. Tampoco hay pueblo en territorio bonaerense que lo recuerde.
Fuente: Agencia DIB

Redaccion
Comentarios (0)
Comentarios de Facebook (0)